Creciendo junto al Alzheimer

El promedio general estima siete años de enfermedad, con un pequeñísimo 3% de posibilidades de que el paciente viva más de 14 años desde el fatal diagnóstico. Mi abuela lleva 20.
Como nieta de paciente de Alzheimer y persona que ha vivido de cerca la enfermedad más años de los que debiera, puedo decir que es la peor del mundo. El alzheimer tiene 0% de probabilidades de remitir. Incurable. Degenerativa. Terminal. Palabras que se te clavan como cuchillos y que te niegas a reconocer. No puede ser.
En mi caso, tomé contacto con esta dolencia hace ya 20 años aproximadamente. Con solo 3 añitos, a mi abuela le diagnostican alzheimer, esa enfermedad indignante, que destruye al paciente y destroza de dolor a la familia. Al principio no entendía nada, o al menos no lo recuerdo. Entonces, nunca me pregunté si los despistes de mi abuela eran normales, no recuerdo ninguno demasiado gordo, salvo olvidarse algo en la tienda o no saber dónde ha puesto las llaves de casa. Típico. Recuerdo, cuando empecé a tener conciencia de lo que le pasaba a mi abuela, que los despistes iban a más, llegando incluso a esconder dinero entre las sábanas porque creía que mi abuelo y mis tías se lo quitaban. Eso ya no era normal. También recuerdo que, por esa época, en su casa había el original cuadro de Jesús en el que rezaba lo siguiente: “el amigo que nunca falla”, y yo, con no más de 6 años, le contestaba al cuadro y le decía que si nunca fallaba, porqué le pasaba a mi abuela lo que le pasaba. Conforme crezco, voy asimilando, que no entendiendo, que mi abuela nunca será la de antes y que, con el tiempo, llegará a olvidar quién soy. Esta es la parte más dura, cuando llegas a su casa, le das un beso y tarda en ubicarte, si con suerte lo hace.
El Alzheimer en mi caso no solo ha privado a mi abuela de sus recuerdos, de su vitalidad, de su familia…ha privado a un marido, que no ha podido envejecer con su mujer; a unas hijas, que se han casado sin que su madre pudiera verlas y a unos nietos, que desconocen lo buena persona que era su abuela, ya que la enfermedad no nos ha dejado. Sí ha permitido que durante 20 largos años, Bárbara reciba los cuidados que toda la familia ha dedicado a la abuela y, de alguna manera, quiero pensar que todo esos cuidados, el cariño, todos los besos, caricias, lo que le charlamos, llegan a ella.
Lo ‘bueno’ de esto es que, lejos de desestabilizar o crear mal ambiente, la enfermedad nos ha hecho fuertes, uniendo aún más a la familia para hacer que Bárbara se sienta, en la medida de lo posible, la persona más querida del mundo.