Mediación familiar y divorcio. Una perspectiva diferente para solucionar problemas.

La Mediación está orientada a la pacificación del conflicto familiar, motivando a los adultos a reflexionar para que asuman la nueva situación con responsabilidad y sin sufrimiento.
El proceso apunta hacia el futuro, evitando centrarse en el dolor del pasado plagado de discusiones, enfrentamientos y discordias. De esta manera se evita establecer la relación: victima – culpable, ganador – perdedor que genera grandes dificultades para desarrollar relaciones positivas y cordiales en el grupo familiar.
En demasiadas ocasiones vemos a los adultos enfrascados en actitudes negativas, haciendo grandes esfuerzos para “ganar la batalla y aniquilar al otro”. Cuando las personas confrontadas solicitan el servicio de Mediación, se sorprenden que el Mediador les explique que se trata de buscar la solución que sea mejor para todos los implicados y que lo importante es que todos ganen. Resulta difícil pensar que no exista un ganador y un perdedor, que sea posible escuchar y comprender lo que dice el otro y pasar de un enfoque vencedor y vencido, a un plano de igualdad de condiciones para hablar, para ser escuchado y para que cada cual sea valorado en sus pretensiones.
Las personas en conflicto constituyen el elemento fundamental del proceso de Mediación y pueden serlo los cónyuges, las parejas de hecho, los padres e hijos, los hermanos, los abuelos, etc. La Mediación Familiar se deriva de la autonomía y de la voluntad de las partes, y actúa con unos límites que son la ética y las normas legales. En este contexto ocupará siempre un lugar central el interés del menor y de los mayores.
Este instrumento de superación de conflictos nos ofrece la oportunidad de negociar en términos de beneficio mutuo y en absoluta privacidad, además, es más rápida y más económica que la vía judicial y, si se quiere, hasta más humana porque concede poder a los protagonistas para que, aclarando las zonas de mayor discordia, adopten (juntos) las decisiones más convenientes para sus propias vidas.

Hay que sustituir el lenguaje del que gana y el que pierde, porque los niños irán creciendo, asistirán a la escuela, elegirán sus amigos, harán la comunión, se pondrán de novios y después se casarán...y sus padres deberán encontrarse ya sea para ponerse de acuerdo en decisiones importantes como para brindarles a los hijos momentos de armonía y seguridad. La vía contenciosa genera mucho enfrentamiento y empantana la posibilidad de continuar interactuando con dignidad, respeto y sin tensiones que puedan llegar a perturbar la salud psíquica y a veces orgánica como consecuencia del estrés emocional.
La Mediación comporta un elevado grado de humildad, porque reconoce que somos personas conflictivas, que muchas veces causamos mal a otros y a nosotros mismos aún sin proponérnoslo. A menudo no podemos gestionar todos nuestros conflictos, algunos nos superan y necesitamos de una tercera persona (Mediador) para tratarlos y solucionarlos de la mejor manera. En Mediación podemos conseguir que las partes sientan que pueden salir de una relación inicialmente deteriorada y construir aunque separados, algo nuevo y mejor favoreciendo así la cooperación y el acuerdo.
Cuando se trata de separaciones, después de la ruptura, los padres deben seguir manteniendo un diálogo lo más fluido posible sobre todas las cuestiones que afecten a sus hijos. Esto significa que como progenitores tienen la obligación de consultarse y comunicarse de manera honesta, fluida y abierta las decisiones importantes en relación a la educación, desarrollo físico, intelectual y afectivo-emocional de los hijos. Deben evitar las discrepancias y contradicciones educativas para no dar lugar a chantajes emocionales, alianzas y manipulaciones de los hijos.
Aunque se rompa el vínculo que unía la pareja, es malsano y además humanamente imposible quebrar la relación con los hijos. La alternativa es “volver a empezar” recomenzar la vida, con dignidad y en paz, cada uno por su lado aún cuando quede todavía algo de rencor y se padezcan dificultades.

La separación de por sí no provoca daño en los niños, lo provoca la forma de separarse y que no se respeten sus derechos. Que los padres no se centren en las necesidades de los hijos, sino en sus odios y rencores y en hacer sufrir lo máximo posible al otro. Cuando las parejas que se están separando se olvidan de las necesidades de sus hijos, aumentan las posibilidades de que estos sufran consecuencias negativas.
En suma de lo que se trata es de transformar la relación conyugal y parental en sólo parental para proteger a los hijos. Separarse no es algo condenable, no es un fracaso, es la decisión de parar una relación que no funcionó. Padres en paz crían hijos alegres, motivados y equilibrados.
Cada relación de pareja es única, igualmente cada separación y/o divorcio también debe ser único. Nadie sabe mejor que el que tiene el problema qué tipo de solución necesita.
Lo que se rompe es la pareja y no la familia. Para los niños, su madre y su padre son su familia, independientemente de si están juntos o separados. Las expectativas frustradas de un matrimonio roto pueden suponer también una posibilidad de cambio y la opción de encontrar la felicidad.
En otras culturas como la sueca o norteamericana por ejemplo, el divorcio es sencillamente una nueva etapa para seguir intentando ser felices, mientras que para nosotros muchas veces supone un fracaso. El cambio se dará cuando aprendamos a divorciarnos. Nos divorciamos mal y seguimos echándole mucha culpa al pasado cuando lo que se nos ofrece es una nueva oportunidad para tratar de vivir mejor.
(*)Mediador – experto en Socio-Geriatría.
pepecastillocastillo@hotmail.com